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Reseña de Moisés Mori sobre “La palabra sabe” de Miguel Casado en El Cuaderno

Reseña de Moisés Mori sobre La palabra sabe de Miguel Casado en la página 21 del número de febrero de El Cuaderno que mañana se pone en circulación y se puede recoger gratuitamente, en versión impresa, en distintos puntos de España.

Aquí se puede leer en línea.

Aquí se puede visitar la página de El Cuaderno.

Aquí la imágen:

El Cuaderno, número 42, febrero de 2013, página 21.

PERCEPCIONES POÉTICAS, Ensayos para pensar la poesía «después de la autonomía del poema» 

Miguel Casado, La palabra sabe y otros ensayos sobre poesía, Libros de la Resistencia, 2012, 272 pp., 15,80 €

Reúne Miguel Casado en este volumen una colección de ensayos sobre poesía (escritos —y algunos ya publicados— en los últimos seis años) que, por su profundidad y carácter, significan algo más que un apunte de las inquietudes del autor y su actividad crítica más reciente. En su conjunto, nos acercan estos quince textos al foco mismo de un pensamiento en acción, a la inmediata mirada del crítico ante obras de diversos poetas, de modo que —con mayor o menor intención— La palabra sabe acaba por proponer materiales para una poética; ahora bien, tan importante al menos como ésta (en cuanto que podría ser considerada como mera opción estética, sin otra trascendencia) es el entramado de ideas filosóficas y políticas que sustenta esa concepción de la poesía. Estamos, pues, ante un verdadero ensayo crítico, ante un libro que anima al lector a la reflexión y a una cierta definición personal, ya que nuestras ideas sobre la literatura, sobre lo que sea o deje de ser la poesía, manifiestan, en definitiva, una posición ideológica, un modo de estar ante la realidad histórica.

El libro divide los artículos en dos bloques: los de la primera parte tienen un carácter más general o teórico (y se mueven principalmente entre referencias de otras lenguas: la tragedia griega, Rimbaud, T. E. Lawrence…); en la segunda se analizan textos de poetas españoles de los siglos xx y xxi, tanto de autores sobre los que el crítico es un reconocido especialista (Vicente Núñez, Gamoneda, Padorno, Aníbal Núnez, Ullán) como de otros menos frecuentes en sus trabajos (Machado, Juan Ramón, Valente) y sobre los que escribe asimismo con admirable conocimiento y dominio. No obstante, y como el autor señala en una «Nota previa», ambas partes (la más teórica y la de lecturas más específicas) vienen a incidir en las mismas cuestiones, y así —se pone este ejemplo— «las preguntas que proponen los textos sobre T. E. Lawrence y Juan Ramón Jiménez son del mismo orden».

Ya el primero de los artículos («Tomar partido por las cosas») plantea una de las cuestiones centrales del libro: el vínculo entre poesía y realidad. Parte ahí Casado de un «principio» que considera «insuficiente »: la autonomía de la palabra poética; pero no porque pretenda desmontar lo que la tradición crítica nos ha ensenado desde los primeros trabajos de los formalistas rusos, sino para preguntarse hoy, es decir, después de la autonomía del poema, qué relación tienen las palabras con las cosas, esto es, cómo el «extrañamiento » de la lengua, la vivificación del lenguaje que se produce en el texto poético —y que constituye la función estética como tal— viene en definitiva a darnos una mayor conciencia de la vida. Sigue aquí el autor —con expreso homenaje— al «formalista » Shklovski justamente para ponerse a su lado —y en complicidad con Ponge— «de parte de las cosas»; y así se nos recuerda este enunciado del crítico ruso: «Para dar sensación de vida, para sentir los objetos, para percibir que la piedra es piedra, existe eso que llamamos arte».

El arte (la literatura) nos permitiría percibir, sentir las cosas de otra manera, con mayor intensidad. Y no otra sería, en suma, su razón última: «Tentativa de recuperar la percepción », se escribe en otro de los artículos. «Un hablar que se siente. Percibir la existencia.» Y en esta empresa contra la rutina, el rigor de lo establecido y las limitaciones del sentido común se emplean asimismo (en cuanto escritura literaria) los textos de La palabra sabe; pero no para establecer nuevos códigos, sino como estética negativa o de ruptura.

Por otra parte, ya desde su título, el libro otorga a la palabra un valor más allá de los dominios del poeta (quien quizá trata, a su vez, de elaborar por ese medio su propio extrañamiento o fantasma), pues el texto poético crearía entre los movimientos mismos del lenguaje (la palabra sabe) un nuevo campo de significaciones, de conocimiento y experiencia; o en cita de Agamben: «de hacer experiencia el generarse mismo de la vida en la palabra». Miguel Casado suele así partir, en sus análisis, de textos concretos, realiza una lectura directa y lo más desnuda posible de juicios previos —tan atenta como documentada: red llena de cruces y sugerencias—, trata de aproximarse a la plural significación de ese nuevo espacio que se abre en el poema. Y no hay paradoja: esta «autonomía» o saber de la palabra es tanto una sanción de su carácter autorreferencial como la prueba de un valor artístico (tentativa de percepción y erotismo, de «cambiar la vida») logrado por medio del extranamiento, de la oscuridad quizá, de un lenguaje que no aspira a la representación del mundo sino a generar por sus propios medios otra cosa. Se comenta, por ejemplo, a propósito de Valente: «Este suplemento no visible cuando se sitúa entre las palabras y su sentido, al mismo tiempo que constituye lo real, se identifica también con el espacio de lo poético». Y de este modo, la pregunta por la relación entre poesía y autobiografía (a fin de cuentas, un resbaladizo apartado del vínculo entre las palabras y la realidad) recibe también en el conjunto del libro (y en particular en el artículo sobre Gamoneda) un principio de respuesta que hace un tanto inútil la pregunta misma, pues el saber del poema es de otro orden: experiencia del habla (de lo extranjero) que nos devuelve ciertamente por esa vía a la tragedia del tiempo y la historia, a su raíz política y existencial, pero no a lo sabido (o vivido, dicho) previamente.

Con todo, La palabra sabe no es un libro de certezas, sino de teoría y percepciones fragmentarias: un pensamiento activo que no pretende componer un sistema, sino que la propia escritura genere espacios de conocimiento, de literatura. Por tanto —y como el autor indica acerca de la lectura de poemas— tampoco deberíamos leer estos textos como si fueran «filosóficos» (o cerrados), sino como un paso más —apasionada trayectoria— en la búsqueda teórica y artística de Miguel Casado, del caminar sobre hielo.

Moisés Mori