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Reseña de José Luis Gómez Toré sobre “La palabra sabe y otros ensayos sobre poesía” de Miguel Casado

El poeta, traductor y crítico José Luis Gómez Toré ha escrito una reseña sobre La palabra sabe de Miguel Casado para Revista Cultural Turia nº 108, noviembre de 2013, p. 417-419 (el enlace lleva al sumario de la revista).

Horizontes de la escritura

Tengo la impresión de que uno de los rasgos determinantes que distinguen en buena medida al crítico que se limita a seguir los caminos ya recorridos de aquel que realmente abre nuevas perspectivas no se aleja demasiado de aquello que distingue al autor de libros de aquel que, además, es escritor: me refiero a la posibilidad de rastrear detrás de sus escritos un mundo propio, unas ciertas obsesiones, en las que se entrecruzan preocupaciones vitales y estéticas. No es mi propósito reanimar el debate, en el fondo estéril, sobre si la crítica es o no una forma de creación (simplemente, hay textos críticos que entran en dicha categoría y otros que no), sino únicamente señalar la importancia de esa visión de conjunto que se aprecia en este libro pese a lo que pueda parecer en una lectura superficial. No en balde Miguel Casado es uno de los (pocos) grandes críticos de poesía de este país al tiempo que un poeta de mérito y un valioso traductor.

La palabra sabe recoge una colección de ensayos procedente en su mayor parte de conferencias y de textos ya aparecidos en distintas publicaciones. Como acabo de sugerir, una primera impresión puede hacer pensar en una mera recopilación de materiales más bien heterogéneos, en la que caben cuestiones tan diversas como las relaciones entre lenguaje y mundo, la prosa de T. E. Lawrence, la obra de Rimbaud o de Valente o los vínculos entre poesía y danza. Sin embargo, ahí entra en juego esa mirada personal de Casado, ese diálogo que apunta a un horizonte común pero que también sugiere líneas de fuga. Afortunadamente,  aquí el crítico no quiere tener la última palabra, sino que su empeño se inscribe en la dinámica propia de la obra, que es siempre, para el lector no menos que para el escritor, work in progress.

En este sentido, no me parece casual que el libro se abra con el ensayo “Tomar partido por las cosas”, cuyas preocupaciones se dejan sentir en otras páginas del libro, como las dedicadas a Rimbaud. En ambos textos se hace patente la necesidad de un camino de ida y vuelta entre el poema y la realidad, desde la irrenunciable conciencia moderna de la autonomía artística. Casado parte, al igual que algunos de sus referentes (Shklovski,  Barthes…), de una visión dinámica y no estática de la autonomía de la obra. Así, nos invita a no ver la escritura ni como puro reflejo de las cosas ni como creación ex nihilo, sino como proceso, uno de cuyos elementos fundamentales es el juego constante entre autorreferencialidad y referencia (como se refleja, por ejemplo, en la tensión aquí estudiada entre escritura y autobiografía en Gamoneda, uno de los poetas en los que mejor se percibe ese engranaje, en apariencia contradictorio, entre esa indagación constante en la memoria personal y el rechazo a toda concepción mimética de la poesía). De ahí que, como se sugiere en el ensayo sobre Rimbaud, haya una dialéctica siempre presente entre lo poético y lo antipoético, entendida no como oposición sino como frontera móvil y permeable, que hace insostenible toda concepción esencialista de la poesía (y, por ende, toda visión esencialista de la realidad). Ese rechazo del esencialismo se aprecia de manera evidente en el artículo sobre la tragedia, en el que se buscan evitar precisamente las concepciones atemporales, a priori, de lo trágico. Casado nos invita a concebir la tragedia no como un espacio cerrado de culpa y expiación, como a menudo se ha hecho, sino como un horizonte abierto a la presencia del azar, de lo extranjero, de lo otro.

Frente a una concepción unívoca y lineal de la tradición, Miguel Casado tiende a fijarse en los márgenes, por lo que no sorprende su interés por figuras como Vicente Núñez o Manuel Padorno, que, si bien no han dejado de recibir cierta atención por parte de la crítica y de los lectores, merecerían una más demorada lectura. Este aprecio por escritores más o menos fuera de las promociones canónicas (como en cierta medida Aníbal Núñez, al que también se dedica un valioso ensayo) no nace, sin embargo, a mi modo de ver de una obsesión por subrayar la presencia de los raros y los heterodoxos (obsesión que, lejos de transgredir el canon, suele reafirmarlo, al asumir en el fondo la distinción entre centro y periferia del territorio literario). Se trata, más bien, de ejercer la crítica, en el doble sentido de la palabra, de ofrecer una lectura que ilumine la obra en sí, más allá de etiquetas y promociones literarias, al tiempo que se ejerce una sutil labor de zapa sobre el equilibrio de poderes y prestigios de nuestras letras. Hay en Casado un empeño por abrir nuevas perspectivas, en lugar de cerrarlas. No olvidemos que, si Antonio Gamoneda es hoy una referencia fundamental en la poesía española, a pesar de su tardío reconocimiento, lo es entre otras cosas por el trabajo de este crítico, ya desde su edición (que nunca agradeceremos lo bastante) de Edad, la primera recopilación de toda la obra del autor leonés, en la editorial Cátedra.

La saludable tendencia a no repetir sin más el catecismo de la crítica al uso se percibe no solo a la hora de elegir el objeto de estudio, sino también en el acercamiento a autores de los que parecería que ya se ha dicho todo. Podríamos decir, jugando con una bella expresión de Benjamin, que Casado se empeña en  leer a contrapelo: de ahí que en sus artículos sobre Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez o José Ángel Valente nos encontremos con una mirada que no tiene miedo a señalar las propias contradicciones de la obra. Es más, en los autores citados, Casado nos muestra cómo dichas contradicciones, lejos de ser siempre puntos débiles de su escritura, son a menudo elementos motores, puntos de fricción pero también de encuentro sin los cuales la poesía de estos tres grandes sería más monolítica y en consecuencia menos viva. Destaca especialmente al respecto la aproximación a  José Ángel Valente, que en la línea de ensayistas como Jiménez Heffernan o Jordi Doce, busca caminos alternativos a la lectura que el propio poeta hace de su obra. Se evita así el que para mí es uno de los mayores riesgos de la crítica sobre Valente, la repetición sin más las afirmaciones casi siempre valiosas de quien fue también un gran lector de su propia obra y de la ajena. Casado hace saltar toda la violencia latente (y no tan latente) en la escritura valentiana, al tiempo que muestra la tensión que subyace  a un concepto clave en la obra del poeta gallego como es el de memoria.

Si la contradicción puede ser un valor y no siempre un demérito en la escritura, se debe en buena medida a aquello hacia lo que apunta el título de este libro, a esa palabra que desborda la intencionalidad consciente del escritor. Y es que el autor, y no menos el crítico, no puede agotar el sentido de una obra, entre otras cosas porque ese sentido no está dado de una vez por todas, porque es más bien un haz de sentidos (en sus dos acepciones en español: como significaciones posibles y como direcciones, como invitaciones al viaje, como múltiples caminos).

José Luis Gómez Toré