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Reseña de “Las formas disconformes” en Piedra y cielo nº 6, abril 2014

[El vínculo a la revista es este: http://piedraycielo.eu/ Dado que no es posible dar un enlace permanente al texto lo copiamos aquí.]

La red de lecturas

FRANCISCO LEÓN

Las formas disconformes. Lecturas de poesía hispánica, Jordi Doce, Libros de la Resistencia, Madrid, 2013.

¿Qué correspondencias pueden establecerse entre Rafael Alberti y José Ángel Valente, o entre el poeta cubano Orlando González Esteva y la poeta madrileña    Julieta Valero? ¿Cuáles son los caminos transitados por el poeta, traductor y ensayista Jordi Doce (Gijón, 1967) para involucrar en un mismo territorio de    pensamiento estético a dos pintores tan diversos, casi opuestos, como Ráfols-Casamada y Eduardo Arroyo?

La coincidencia de estos autores y artistas, y de otros muchos, en un mismo libro se llama precisamente Las formas disconformes, volumen de    artículos –el último, publicado hace sólo dos años, se titulaba La ciudad consciente. Ensayos sobre T.S. Eliot y W. H. Auden– en el que su autor    reúne algunos de las lecturas de poesía hispánica a las que se ha entregado a lo largo de los últimos años. El arco temporal de estudio que abarca la    totalidad de estos trabajos va desde las Generación del 27 hasta la plena actualidad y su marco, como indica el subtítulo, lo constituye el gran océano de    la poesía en lengua española. El lector hallará en este delicioso cuadro de intereses textos tan fugaces –apenas cuatro páginas brillantes– como el    dedicado al nunca suficientemente reivindicado Vicente Aleixandre, junto a otros extensos y pausados, como aquellos en los que revisa la obra de José Ángel    Valente, cuyas casi sesenta páginas sin duda hubieran merecido ser editados como estudio autónomo.

Pero dejando al margen sus características físicas, el rasgo más representativo de Las formas disconformes, y que más llamará la atención del    lector, reside en la amena variedad de la procedencia estética de los autores y pintores que se dan cita en estas páginas. Tal variedad responde al hecho    declarado por el autor de que este libro lo constituye una compilación de reseñas, prólogos, artículos y textos de presentaciones publicados y escritos entre    2000 y 2012. Se trata, por lo general, de páginas redactadas al calor del encargo, si bien, como señala Doce, tales compromisos sólo fueron asumidos en el    caso de que vinieran precedidos por una lectura gustosa de la obra tratada, cuestión esta que se percibe por el ritmo entusiasta y la perspectiva audaz con    que se han redactado la mayoría de los artículos. Y aunque, obviamente, el resultado no es un estudio de carácter sistemático ni mucho menos monográfico,    no significa en cambio que estemos necesariamente ante una compilación caprichosa o desordenada.

Si es cierto que a primera vista –por la mera lectura del índice, por ejemplo– el itinerario crítico planteado por el autor podría parecernos un tanto    errático, no lo es menos que un escrutinio más cuidadoso, es decir, una lectura atenta y completa, de este aporte crítico nos mostrará un tapiz estético    tejido con fina inteligencia y en absoluto arbitrario. Las variadas referencias, las reflexiones heterogéneas, las libres opiniones que aquí se exponen más allá de los consabidos vasallajes familiares forman finalmente, como decimos, una red tan luminosa como lógica. La imagen final de    Las formas disconformes representa a una familia lírica cuyos miembros comparten un origen muy similar: la literatura de base moderna, influida    hondamente por el simbolismo, las vanguardias y los vectores experimentales de la poesía que se desarrolla a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

Jordi Doce es sin duda uno de los poetas españoles actuales que más ha leído no sólo a sus estrictos contemporáneos –y no únicamente en su propia lengua–,     sino gran parte de la herencia lírica y artística (el libro se cierra con dos estudios sobre Albert Rafols-Casamada y Eduardo Arroyo) que llega hasta el    borde de su tiempo actual. Sin embargo, lo verdaderamente interesante de la lectura llevada a cabo en Las formas disconformes no es tanto su    amplitud, repetimos, cuanto la variedad de estéticas en las que ahonda el autor. O lo que es lo mismo: su enfoque abierto, desprejuiciado, atento a    escritores aparentemente distantes entre sí o a detalles a menudo velados por la crítica. Es esta dispersión concentrada, precisamente, lo que nos sitúa en    el centro mismo de este libro.

Ello nos permite reencontrarnos con Rafael Alberti, cuya obra, a pesar de que el viento de la nueva poesía no haya soplado precisamente a su favor –escribe    Doce–, «toda superficie de siluetas y colores, se nos aparece como un monumento de gracia poética, de creación en estado puro que apenas tiene igual en    nuestra lengua». La misma posición de curiosidad y despreocupadamente revisionista nos ofrece la lectura del primer y postergado libro de Vicente    Alixandre. Ámbito pertenece a esa familia olvidada de primeros libros que, «sin expresar plenamente el mundo y el lenguaje de su autor», al contrario de obras como Don de la ebriedad, A modo de esperanza o Cántico, «delimitan con claridad su perímetro». En    Ámbito, libro que tan a regañadientes ha sido estudiado por la crítica, Jordi Doce ve potencialidades y aciertos deslumbrantes: «Pese a los    rígidos bloques estróficos de tantos poemas», la escritura que da forma a esta opera prima «es una escritura en ebullición, tensa de inminencias y    amenazas, signada por un anhelo trágico de totalidad que no tarda en dominar su escritura posterior».

Obviamente no podemos detenernos, ni este es el lugar indicado para hacerlo, en todos los capítulos de Las formas disconformes. Esta pluralidad    sin prejuicios a que hemos hecho referencia ha imantado a lo largo del tiempo tal cantidad de autores adscritos a procedencias estéticas tan diversas que    un simple repaso por todos sus nombres desbordaría los límites de la mera reseña. Sin embargo, a título informativo, conviene ofrecer al lector la lista    completa de los autores que han sido atendidos al menos en este volumen. Desde los ya citados Vicente Aleixandre o Rafael Alberti, pasando por el Octavio    Paz traductor, el casi hermético Josep Palau i Fabre o el mexicano Julio Torri, hasta llegar a autores claramente centrales en la trayectoria creativa de    Jordi Doce, como Ángel Crespo, José Ángel Valente, Antonio Gamoneda o José Miguel Ullán.

Pero la lista no queda ahí, y desfilan por las páginas figuras de primerísimo orden como los canarios Luis Feria y Andrés Sánchez Robayna, el peruano José    Watanabe, la uruguaya Circe Maia, la argentina Mercedes Roffé y el cubano Orlando González Esteva. La lista continúa: Juan Antonio Masoliver Ródenas,    Olvido García Valdés, Juan Malpartida, Álvaro Valverde, Juan Carlos Mestre, Eduardo Escala, Pedro Casariego Córdoba y una tríada final de poetas    pertenecientes a la misma promoción que el autor: Marta Agudo, Esther Ramón y Julieta Valero. Precisamente en esta tríada de autoras me detendré un    instante.

No es tan frecuente como parece que un escritor actual, un poeta de obra ya consolidada, dedique parte de sus trabajos reflexivos a compañeros    contemporáneos suyos. Normalmente estas labores se dejan en manos de antólogos o reseñistas que disfrutan de mayor perspectiva temporal. Sin embargo, la    inclusión de estas tres poetas en el tramo final de Las formas disconformes también constituye, en cierto modo, una declaración de principios    estéticos en el hoy complejo espacio literario inmediatamente contemporáneo.

Si parece por completo casual que sean tres mujeres madrileñas las que cierran este libro, no lo es tanto que se trate de tres poetas para quienes el    lenguaje resulta siempre una herramienta problemática en relación a la parte del mundo en la cual insertan sus reflexiones, una herramienta cuya naturaleza    es replanteada a cada paso, a cada poema. Tanto es así que, de una y otra manera, las obra de Agudo, Ramón y Valero poseen un claro carácter experimental.     «Fragmento –primer libro de Marta Agudo (Madrid, 1971)– se inscribe no sin tensiones en la estética minimalista que han cultivado, entre sus    contemporáneos, Ada Salas o Marcos Canteli», otros dos nombres para añadir a una posible lista de poetas contemporáneos. Palabras similares dedica Doce a    Esther Ramón (Madrid, 1970): «Esa capacidad negativa, esa precisión estratégica con que la escritura cambia de forma, de ritmo y hasta de lugar de origen    para acechar el fragmento de mundo […]». En el caso de Julieta Valero (Madrid, 1971) más emparentada con una experimentación formal sobre los elementos    discursivos del lenguaje, Doce apunta, como poética en la que la autora fragua su poesía, a una paradójica y creciente fragmentación del discurso: «Por un    lado el poema en prosa de largos versículos o versículos separados por abundantes líneas en blanco, y al que un uso peculiar de la elipsis y la aposición    sintáctica otorga hechura y trabazón. Por otro lado, el poema en verso libre, muy libre en sus transiciones y movimientos argumentativos, lleno de    insolencia y de frescura, y en el que sin embargo, como claros del bosque, respiran las pausas y los silencios del versículo».

Mientras que el mundo lírico de Agudo se centra, sobre todo, en un análisis del ser propio como reacción moral de la intimidad ante los avatares del mundo,    en Ramón el poema –o mejor dicho, el libro todo– crece como proyecto de exploración o sondeo en lo misterioso, a modo de investigación de campo, existente en un espacio muy determinado del mundo exterior. «La angustia existencial –apunta Doce respecto de Marta Agudo– que recorre las páginas de    Fragmento sortea una y otra vez las trampas del exhibicionismo confesional y se nos muestra en frío, prendida a una materia verbal tan densa como    reticente». Obviamente, Doce coloca la poética de Agudo frente a otras, muy modales y en las que apenas existe una reflexión previa o simultánea a la    escritura sobre el lenguaje mismo, poética ampliamente divulgadas en nuestro país y en las que por tal motivo toda reflexión existencial del ser deviene    burda y obscena.

La misma frialdad como elemento ideológico, o lo que es lo mismo, la planificación previa del poema o del conjunto de poemas, resulta evidente en    los modos de trabajo de Esther Ramón. Anota Doce en este sentido: «Más que una escritora de poemas, es una escritora de libros, de sistemas, de conjuntos    textuales que incursionan de manera activa en lo real, enjambres de palabras que acotan un fragmento del mundo y proceden a horadarlo a fin de crear, en lo    inhóspito, en lo que suele estar vedado a nuestro paso, un espacio habitable para la reflexión».

El instrumento principal de Valero, aparte de la referida fragmentación sintáctica de su discurso cotidiano, lo constituye, según Jordi Doce, uno de los    vectores modernos por antonomasia: la ironía. La ironía, no hace falta indicarlo, como contrapartida del adanismo lírico que suele abundar en ciertas    poéticas experienciales: «Pero, más allá o más acá de esta postura, de esta actitud moral, digamos, me atrae la singular ambivalencia con la que la voz    poética da cuenta de su viaje. Una ambivalencia en la que actúan no sólo los escrúpulos, el celo vigilante con se mide cada paso, sino también las dudas,    la incertidumbre sobre el rumbo a seguir».

En fin, tres interesantes análisis finales que distinguen a un escritor, Jordi Doce, no sólo por la calidad de su propio trabajo poético, sino además por    su fina capacidad para hallar entre el mare magnum de autores actuales, y sin perjuicio de figuras consolidadas o históricas, a tres poetas actuales cuya    poesía merece la pena ser leída y tenida en cuenta, dejando así en el lector el aliciente de un libro futuro que amplíe, precisamente, el campo de sus    lecturas más inmediatamente contemporáneas.